Los dos acordeones, convertidos también en altavoces, son aquí superficies vibrantes atravesadas por líneas rotas, estridencias y motivos pulsados que se fragmentan y luego se reorganizan. El sonido brinca, se duplica, se difracta en el espacio de difusión, creando una textura fractal, luminosa, siempre en movimiento. Del surco trazado por el dúo emerge una miríada de dobles creados por la electrónica, en una urgencia rítmica donde cada ataque parece contener una infinidad de repercusiones.