Swarf nace bajo la constricción, allí donde la materia cede y proyecta una multitud de fragmentos que prolongan el gesto mucho más allá de su origen. Los tres instrumentos de metal se desintegran gradualmente en una misma masa electrónica, hasta que su acumulación se convierte en una fuerza autónoma, compacta e imparable. Poco a poco, el metal desaparece detrás de la energía que libera, dejando a su paso una luz cruda y persistente.