La tradición coreana del Sanjo propone un ingenioso ensamblaje de elementos melódicos y rítmicos cuyas raíces provienen de la unión de una vocalidad que se ha vuelto instrumental y una improvisación polifónica reducida a la pura singularidad del solista. En este universo paradójico, la yuxtaposición de ritmos y métricas, sellada con la idea de la tensión como hilo conductor, está aquí fragmentada en una miríada de destellos que se responden, se superponen y dibujan una temporalidad rota. El dúo es una lenta transformación con acentos implacables y a veces inflexiones inesperadas, un recuerdo poco a poco alterado por el tiempo que susurran incansablemente relojes que se han vuelto caóticos.

